Este año me propuse algo distinto: sacar tiempo para invertir en mí. Para hacer, por fin, esas cosas que había aplazado durante tanto tiempo. Desde compartir el evangelio, vencer mi miedo a hablar en público, hasta aprender a manejar y obtener mi licencia.
Mi primer paso fue salir de mi zona de confort y hacer un compromiso firme conmigo misma: cumplir con esa pequeña lista de deseos, tan diversa como honesta.
Y entonces, casi como una señal, apareció esa publicación en Instagram: Cursos de verano Exprésate en la Ciudad de las Artes. Sin pensarlo demasiado, me inscribí en todo lo que pude y esperé, con bastante ansiedad, ese correo de confirmación.
Había para escoger un sinfín de cursos que abarcaban distintas disciplinas como danza, teatro, música, fotografía y artes plásticas.
El día programado para iniciar las clases inevitablemente llegó, pero todavía no había ningún correo confirmando mis clases. Llegué a la terminal de transportes; todavía era temprano.
Después de meditarlo un poco, decidí —otra vez— salir de mi zona de confort y presentarme personalmente para preguntar. Me asombré al saber que este año la cifra de inscripción sobrepasó las 6 mil personas.
Al llegar, estaban colocando la lista con los cursos, los nombres de los estudiantes y los salones asignados. Y sí… entre tantos nombres, allí estaba el mío: Giovani Young.
Curso de Oratoria para Adultos. Salón T303. Profesor Orlando Vásquez, martes y jueves, de 5 a 7 p. m. No puedo negarlo, sentí una gran emoción.
Ese fue mi primer paso en el camino para abrazar una
parte de mí que siempre había estado allí, esperando. Poder entrar en el mundo
de las artes era algo que siempre había deseado.
Parece extraño que, después de tantos años expresando ideas a través de la palabra escrita, me costara tanto levantarme y vencer el miedo a usar mi propia voz.
Sin esperarlo, volví a tener 20 años. Las tardes se llenaron del bullicio de las aulas, de risas, de nervios, de aprendizajes y de docentes extraordinarios. Era un nuevo comienzo, con amistades nuevas y sueños que despertaban otra vez.
Fue hermoso ver tantos niños, jóvenes y adultos,
nacionales y extranjeros, que, a pesar de ser de diferentes edades, compartían
un vínculo en común, el amor por el arte.
El día para poner en practica todo lo aprendido llegó y fue muy emocionante, había una algarabía de personas, en donde sobresalían los familiares de los estudiantes, se notaban orgullosos con una sonrisa que no les cabía en el rostro algunos con ramos de flores, chocolates y regalos para entregarles a sus familiares como celebración de su esfuerzo.
La alegría del momento fue dando paso, poco a poco, a una cálida
nostalgia por el cierre de cinco semanas intensas, de muchos ensayos, de nuevas
amistades que llegaron para quedarse y de recuerdos que se guardan para siempre
en el corazón.
Doy gracias a Dios, al Ministerio de Cultura, a la Ciudad de las Artes y a todos los docentes por esta maravillosa oportunidad, que sin duda espero poder repetir el próximo año.
Agradezco que me recordaran que nunca es tarde para
empezar, que los sueños no vencen, solo esperan… y que a veces, lo que
necesitamos es atrevernos a dar el primer paso. Porque todo cambia, no cuando
dejamos de tener miedo, sino cuando decidimos avanzar a pesar de él.




Comentarios
Publicar un comentario